El niño que soñaba

Érase una vez un piojo, gordito como de a metro, un mocoso atrevido. Con un carácter de mil demonios y un corazón enorme, maldito como todos los de su edad, más de travesuras que de tiempos (¡qué tiempos!).

Desandaba como un bólido los terraplenes que se volverían calles… que terminarían en terraplenes; partiéndose la cabeza y partiendo cabezas también en las inofensivas guerritas a las piedras, libradas en las ruinas de la iglesia de Arrechavaleta, por ese entonces campo de batalla, terreno de bolas, quimbumbia, béisbol y hasta ring de boxeo cuando escasearon las peleas de gallo.

Aquel niño vivía feliz, sonriente, con un solo par de zapatos y la suela de sus cayos para mataperrear y el frescor de un buen par de hoyos en las nalgas provocado por las creativas formas de frenar la chivichana Navia abajo.

Claro, sin el sobrevalorado porqué, sin el cómo, el “de dónde” y el cuándo que sobrevinieron con los años. Sin entender muchas cosas, sin querer saberlas, como aquella vez que su madre, de unas escasas 100 libras, irrumpió en el cuadrilátero y casi desmayó a aquel imponente gordo de dos metros de ancho y de largo, mientras todos los hombres exclamaban ¡bien hecho! ¡se lo buscó!

Nada de Game boys o computadoras, ni la hora de Súper Mario o Mortal Combat a 5 pesos; coleccionando en libros estuches de caramelos y chocolates desconocidos; jugando a los pistoleros con escopetas de perles, escudados tras dos chores de mezclilla vieja para amortiguar los perdigones, así no se perdía el preciado tiempo de juego en si te di o no te di, a los vaqueros de verdad con los caballos mal amarrados de la Quinta Arrechavaleta o el reparto El Americano, tomando de botín las dulces chirimoyas que no evitaban la surra por mantener a mi madre en un puro nervio, pero sí garantizaban varios días sin el agua con azúcar o la infusión de retoños de limón antes de la escuela.

Caía exhausto, medio pomo de mentol en las rodillas para apaciguar el “crecimiento de los huesos” y comenzaba a soñar, levitaba y era tan real que sudaba frío, bajaba la imponente loma que desafiaba en chivichana pero ahora desde el cielo, sin ruedas. Todo se veía desde lo alto, increíblemente como desde lo alto en realidad luce, luego caía en picada y era más real, la taquicardia lo despertaba, pero volvía a dormir, sin miedo, sonriendo, tratando de volver a flotar.

Nunca tuvo que buscar héroes ficticios, ni decir que su papá era más fuerte. Tenía a su propia diosa formada de una combinación de dulzura y aspereza, de hombre, hermana y amiga, fraguada en las llamas de las pérdidas, los adioses y hospitales, de los ´90. Resurgida como madre y padre a la vez, siempre presente como aún no se sabe explicar.

De ella aprendió a ser su propio Elpidio, su Zorro y su Chiralac, a estudiar, estudiar mucho. Todavía aprende; nunca entendió por qué le prohibió seguir limpiando zapatos al regresar de la escuela, a él le gustaba, aunque eso sí, le dejó ayudarla a hacer esas yemitas de coco y vender los pomos de dulce de calabaza china los fines de semana, que fueron por mucho tiempo el sustento de la casa. Le dejó ser un hombre sin desterrar al niño feliz.

Han pasado 30 años y, aunque casi a los diez lograra volar por encima de una placa en su bicicleta 20 al precio de una fractura de clavícula, un esguince en el codo, un piquete en la cabeza y dejar parte de su espalda pegada al asfalto, ya no baila trompos ni empina papalotes, no hay escopetas de perles ni guerritas de piedras. Ya no flota.

Los huesos dejaron de crecer, calzó sus cayos con suelas, el tiempo no le alcanza como a su diosa (¡el tiempo!). Sobrevaloró el por qué, aprehendió el cómo y el cuándo mientras se desatascaba del “de dónde”. Y cada mañana recuerda que hace mucho tiempo dejó de soñar.

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