…Manjar de la necesidad

GuaguasSon las 4 de la tarde y un mar de personas comienza a inundar las paradas de la urbe yumurina. Estudiantes, profesores, médicos, abuelos y pueblo en general, se amontona bajo la escasa sombra de estos espacios casi endemoniados por la coyuntural situación.

Mientras algunos, entre rezos, pesares y suspiros, tratan de adivinar el mejor lugar para acechar el preciado transporte que los devuelva a ese segundo centro laboral que es la casa, otros enroscan increíblemente sus cuellos mientras lanzan denunciantes miradas a los daltónicos con licencia que no distinguen al “Amarillo”.

Así transcurría la cotidiana tarde de aquel 4 de marzo, disolviendo, como siempre, la paciencia y la esperanza entre gritos, codazos y disimulados roces de carteristas. Natural ya por falta de fuerzas, de esfuerzos. Cotidianidad convertida en el caldero tiznado donde cocinamos nuestros valores.

La receta estaba lista, guaguas que van para arriba, abajo o simplemente que no van, el invisible Amarillo y un toquecito de este invierno agostero y el grito que todos queríamos dar, amplificado en la garganta de aquel bebé, aliñaban la mesura.

Todos se compactan en un segundo, casi no se distingue donde comienza el uno y termina el otro, a lo lejos se asomaba la Diana y más que el descenso de una diosa, parecía el advenimiento de los trescientos. Se ha llenado de valor el chofe, para la guagua y rápidamente da la estocada del deber: ¡Solo 15! ¿Me oyeron?

Ahora sí que la mesa estaba servida, le llegaba el toque de pimienta y, como fieles descendientes de primates, los más desesperados escalaban por sobre la educación y la gentileza. Pero allí estaba aquel joven Camilito dándoles una clase de sensibilidad a todos, su madre había logrado subir y él, a pesar de estar frente a la puerta, hizo espacio para que una muchacha subiera.

Así, lo que parecía ser la dura cuenta para aquel bufet, cargada a la conciencia de los indolentes, resultó ser servido como postre por el cumplidor chofer: ¡SSS eh, hasta ahí que cierro!, dijo señalando al joven de verde olivo.

Las exclamaciones no se hicieron esperar y mientras la muchacha apenada trataba de descongelarse, la señora explicaba que era su hijo, que había tenido un gesto de gentileza a lo que respondió el dueño del volante: ¡Pues por gentileza se tiene que quedar!

Quien pudo haber dado la gran lección aprendida desde la cuna recibió en cambio una cruel moraleja, el “sálvese quien pueda” permitió a otros 14 llegar a su demorado destino; la dama ayudada, lejos de feliz, quedó inculpada; provocó que su madre bajara del ómnibus y fue ridiculizado por el gran cumplidor del transporte público.

Solo espero que tal rectitud no haga mella en los valores del futuro militar, que no suprima la enseñanza de los que predican con el ejemplo y no enturbien el mensaje moral recibido, que no sigamos convirtiendo nuestra decencia en manjar de la necesidad.

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