Solo será un beso

En la cama. Henri de Toulouse-Lautrec
En la cama. Henri de Toulouse-Lautrec

Por momentos me alegro que creas que es solo una sonrisa, un juego o una puyita. Solo a veces estoy más tranquilo si piensas que es una simple mirada atenta, que descubre que has cambiado tu peinado o tu maquillaje. Por momentos cambio de idea y quiero decirlo, dártelo, si al final solo será un beso, pero lo lanzo muy encubierto por si las moscas.

No sabré donde ha quedado, no repararás en lo que ha intentado, pero disfrazado de guiño llevaba la intención de rozar tu cuello, acariciar tu oído y humedecer tu nuca, en complicidad con una pausada respiración que absorbiera el aroma de tus cabellos. Pero no me conformo con el ocultismo, no tiene gracia que no sepas que realmente ha sido un inofensivo beso.

Como cualquier otro, solo intenta imaginarlo, explorando en lento descenso cada milímetro de tu columna vertebral, tratando de despistarte con esas manos que se empeñan en moldear tu cintura, con esos dedos que, de a diez, se aprietan en tus costillas hasta lanzarse de esas deseadas caderas hacia la cúspide de tus senos.

Ya ha recorrido tu espalda y, sin que te dieras cuenta, el muy cabrón ha llegado a tu ombligo avisando con una pícara mordida, bueno casi al ombligo porque o se ha embriagado de ti o ha perdido la dirección. Al menos a mí me parecía que se encontraría con esos dedos embelesados en las alturas, pero se resbala uno, dos, tres…, tantos centímetros que logra frenar en tu pelvis.

Que repetitivo con lo de la mordidita. Se apena y siente que te ha manchado, así que en húmeda caricia deja asomar levemente sus papilas para limpiarte sus huellas, para saborear las tuyas. Y esas manos al fin se ponen de acuerdo en compartir la exótica área, una recuerda los senderos de tu cuello buscando saciar su sed en tu boca.

La otra, más pesada y lenta, baja entre tus senos, centra tu abdomen y al igual que el escurridizo beso, juguetea a ser cosmonauta varado en Venus. ¿Y el beso, dónde se ha metido? ¡Allí está!, viendo todo desde lo alto de tu pecho, pretendiendo ser malabarista, salta de un lado al otro y va dejando ver sus dientes.

Ahora una mano recorre la pierna y regresa por su borde interno haciéndola apartarse un poco, la otra la imita y, entre tanto, ese beso que le mostrara a tus labios algún que otro avance, juguetea por un segundo más con tu lengua para pegar un salto alocado entre tus piernas.

Regala otros escasos segundos de suave masaje a tus muslos, pero la mirada ha entrado en juego y le señala otros labios, brillantes de sobremesa, hinchados de deseo y enrojecidos de pasión. Es imposible resistirse, yo no pudiera, así que no pierde más tiempo y los besa.

Solo al principio los besa, suavemente los recorre con su lengua, sensualidad se acompaña de imperceptibles y pequeños agarres con los labios, mientras que concentración ya no controla las manos y esos dedos que entran y salen del festín. Temperatura no se queda atrás, calienta más el ambiente y se escuchan gemidos mezclados con síes!, con ah!, ahí!,  y respiraciones descontroladas que musicalizan el ritual de entrada.

 El beso tensa la espalda para buscar mayor profundidad en el repetitivo y penetrante baile y provoca que tu espalda se arquee haciéndome temblar. Ahora las que juegan son tus manos, acarician el pequeño espacio entre los cuerpos, tus dedos celosos consiguen unos instantes entre lo cóncavo y lo convexo que se empeñan en fundirse en uno.

De a momentos arriba, abajo y entre alguna que otra vuelta se asoman temblores, contorsiones, ese cosquilleo exquisito que anuncia el final. Entonces el beso aprieta una mano entre costilla y cintura, a la par que la otra la desliza entre cuello y hombro agarrado de tu pelo, pues sabe que quedará sin fuerzas en cualquier momento.

Tus manos buscan acercar mi torso a tus pechos, agarran el cuello, muerden el hombro y arañan la espalda. Por unos interminables segundos, precedidos por los giros abruptos de tus caderas, falta el oxígeno en la habitación, el espejo del techo retrata un último gemido exhalado a dúo y el colchón amortigua el desplome total de nuestros cuerpos.

Solo quedan con aliento mis pequeños besos de manos temblorosas que a punta de dedo, recorren cada centímetro tuyo. Tu mano se va desenredando de tu pelo hasta caer en tus senos, que aún me provocan, y la otra se las ingenia para salir de debajo de mi espalda y acomodarse de forma estimulante entre mis piernas.

De a poco, entre uno y otro beso, regresa como nueva esa sonrisa pícara de ambos, ese jugueteo infantil que adorna la calma, ahora sosteniendo la mirada y haciéndonos dudar ¡¿Solo será un beso?!

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