Imagino que pretendes solo imaginar

Despertar. IMagini que pretendes. M Carmen Fernández
Despertar. Ma. Carmen Fernández Burgos

Ese silencio que has sentido ha sido mi beso, sí, si no lo esperabas solo imagínalo, llegado de ahí de donde no lo esperas, puede que insuficiente, mustio o atrevido pero ahí ha quedado, imperceptible como los suspiros, tembloroso cual susurro devenido del clímax.

No sé si bienvenido, tardío o adelantado, pero dentro de mi egoísmo o recelo es el momento de regalarlo. No es de ahora que reparo en tu cuello más que en tus cotidianas verdades, que me detengo en tus naturales y elocuentes encantos. Aunque es ahora que temiblemente te me haces más distante bajo la amenaza de tenerte más cerca.

Si, increíblemente aún creo en eso de “… puedes perder una linda amistad”. Desdichadamente he comprobado la distancia que puede acompañar el ser demasiado transparente, el atreverse. Pero peor aún, también he vivido la estupidez del acallar los sentimientos.

No digas nada si no va a mejorar la esperanza del silencio, no intentes explicarlo si va más allá de tus deseos. No me des el pellizco que vuelve insomne a los sueños, prefiero, de estar equivocado, disfrutar de la dulzura de esta imbecilidad. No temas que me equivoque, probablemente solo permanezca soñando.

Pobre de mí, mi respeto, mi distancia formal y todo aquello que me dibuja tan frío o comemierda. Pobre de ese yo que en simple amiga te dibuja, cual asexual o cosa genérica. Pobre de esa cosa que habita en mí y por miedo, exceso de respeto o sobrevaloración del espacio ajeno, no se atreve a equivocarse.

Te admiro, no solo te miro, te busco las combinaciones de tus adentros e imagino temores que hago tan míos, que calmo mis ganas. Sé quién eres y todo lo que serás si te lo propones, a pesar de que a veces te empeñes en no verte como yo te veo, si lo hicieras es posible que te enamores de ti. Sé quién soy y todo lo que quiero ser y a pesar de eso me parece inmenso el sendero hacia ti.

Por eso en ocasiones no miro hacia el lado o hacia detrás, solo veo hacia delante. Allá donde, por qué no, lo que otros ven como nubes yo puedo disfrutarlo como parte del paisaje. Observo y me sentencio qué coño hago ahí frente tuyo, qué pasa si soy yo o tal vez otro, o si no es necesario el egoísmo de escoger lo que se puede compartir si no queda remedio.

Me asalta entonces la duda de cómo sería el atreverse, el irrumpir en esa aparente distancia que deja un fraseo pícaro. No para robar o acaparar, sino para compartir todo lo que tengo, para regalarte todo lo que soy, para disfrutar el quedarme completamente vacío de mí y si es posible llenarme un poquito de ti.

Cómo quedar si no o si sí, y qué pasa si realmente con tanto embrollo te dejo, a lo Cenicienta latina, a la espera de cumplir con la función que esta sociedad machista me ha otorgado, esa que no quiero aunque me toca y que me pega una etiqueta de lanzado, al que le tiene que importar un comino lo que piensas, el que te tiene que ver como un trofeo más. Realmente así no me puedo idear.

Pudiera torturarme una y mil veces con el ahora, el después o el “y si hubieras sido tú, si pudiera ser yo”. Pero solo callo o casi, porque el escribirlo puede que perdure en el tiempo y me ampare de un “algo” que, de seguro, en palabras que volarían con el viento no quisiéramos esquivar.

Inconformemente me doy por vencido, mientras trato de ser parte de ti, mientras trato de conocer lo que ya se: que eres genial, que sí, de seguro tuviste quince, pero que ahora esos seductores veintiocho anuncian la pronta entrada de los sensuales treinta, esos que te empeñarás en no querer, mientras yo solo envidiaré el poderlos saborear.

Disfruto, como masoquista, tu irresistible mirada, comparto tu sonrisa y me hago eco de tus burlas o asombros, solo para conformarme con esa energía de 360 grados que emana de ti. Solo para sentir ese pedacito de vida que no podemos lograr en soledad, que desesperadamente añoramos en compañías vacías.

Escucho tus reclamos, me agarro de cualquier cosa que pueda parecer un problema, después de todo no soy tan inocente, y finjo darte esos consejos que esperas arreglen tu mundo, mientras dejo a un lado el mío que en gran parte pudiera, deseo fueras tú. ¡Ayúdame Freud…!, o mejor solo ayúdame.

Sigo la rima de esas frases inocentes como los niños, atrevidas como los niños, esos juegos que, de bromas, se tornan ciertos para el niño que habita en mí. Recreo tus sensuales descuidos, tus “inocentes” invitaciones. Mientras la cobardía de mi adulto respeto te disfraza solo de eso, de niña juguetona, para esconderse de mi atrevido yo.

 Y te imagino entonces de una forma que, más allá de ese estúpido respeto, realmente compagina con tu contagiosa felicidad, con tu provocadora y sensual  “ingenuidad”. Me creo más cerca de lo atrevido y totalmente alienado de esos esquemas que nos alejan o que tal vez, solo a mí, me hacen mantenerme al margen.

Te ideo ahora, ya que lo has permitido, como la musa que provoca trenzar este pasaje. Te invento imaginándome, ya que me has retado, como el deseado atrevido que acepta la invitación de probar tu carmín. Te pienso como la mujer que me incita a no enredar tanto las cosas o mejor aún, a mandar al carajo los posibles líos.

Tal vez, tengo mis dudas, este desenlace tan lanzado es solo por terminar bien el reto. Posiblemente la culpa sea de ese Silvio al que le bajo el volumen, mientras me susurra que “una mujer se ha perdido conocer el delirio y el polvo, se ha perdido esta bella locura, su breve cintura de bajo de mí. Se ha perdido mi forma de amar, se ha perdido mi huella en su mar…”. Y mientras lo apago para evitar que sentencie la frasecita de los amores cobardes, convenientemente y por ahora imagino que también tú, por el momento, pretendes solo imaginar.

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