Una lágrima oculta

lagrimas_san_pedro. El Greco
Lágrimas de San Pedro. El Greco

De pequeño era fácil llorar, al nacer, al reír y al dar alguna que otra perreta. Era fácil y reconfortante, terminaba en un sollozo entrecortado y el infinito abrazo de mi madre. Aún recuerdo la primera vez que lloré de tristeza, no llegaba a los tres años y frente al televisor comprendí la amargura del Patico Feo, del desamor y lo injusto, “…lloraba porque era feo y nadie lo quería”.

Fui creciendo y entendí que una película era solo eso, maldita la hora en que comprendí, en que comencé a perderme… La calle, con sus complejos, trató de mostrarme que los hombres no lloran y aunque en los momentos más duros ese abrazo maternal, que en otros tiempos tratara de calmar el llanto, intentara hacerlo salir en busca de mi alivio, fue realmente la vida la que secó mis lágrimas y ahogó el sollozo.

Entre retos y victorias, entre los dolores propios y ajenos, comprendí que la vida era solo eso, un sendero por recorrer, sin vueltas o regresos, un camino marcado con las migajas de nosotros mismos, con las luces de los otros y donde todos, hasta los que se detienen al borde, llegaremos más temprano que tarde a la indeseable meta, con el único confort de haber iluminado suficiente. Y así, desandando las crueles rotondas que nos impone el destino, esas sin esquinas ni soluciones a su vuelta, fui perdiendo la habilidad del sollozo, la virtud del desconsuelo y la sensibilidad del llanto.

La respiración entrecortada se transformó a los 19 años, en el dolor punzante provocado por el infinito vacío que dejaría esa frase “Qué maravilla Miki, que maravilla…”; a los 20, mientras trataba aún de no recordar a mi tío llamándome Miki, el desconsuelo se convirtió en la decepción casi indolente ante lo corto de aquel beso a las 4:00 am, apresurado para no llegar tarde a la unidad; y a los 30, en dos días de una misma semana, mientras el calendario me recordara, como hace una década atrás, que ya no tenía un apodo y que el egoísmo de no desperdiciar un segundo dejó un beso imperceptible en la mejilla de mi abuela materna, el llanto mutó en una frialdad hiriente, como de cristales en los ojos. No pude regalarle el ahogo del llanto a mi abuela paterna, ni compartir las lágrimas de mi madre, ante aquel SMS del otro lado del mundo, en el interminable abrazo que ella siempre me brindara.

Solo queda un sentimiento denso y hueco en el pecho, como de sentirlo todo y nada a la vez; la inexpresión de los músculos faciales, más de decepción que de incredulidad; la respiración lenta y apretada llena de ira; el nudo en la garganta de querer maldecirlo todo, de tener tantas deudas que cobrarle a la vida, tantos trapos que restregarle en la cara…; la sensación de tener enrollado el corazón en alambres de púas; la impotencia de no desalmarme y un dolor intenso, crudo, inextinguible, como de quién lleva la carga de una lágrima oculta.

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Un comentario en “Una lágrima oculta

  1. Así mismo mi amigo, la vida te endurece y la lágrima oculta pasa a un segundo plano, porque tienes que ocuparte por sobrevivir en este mundo, pero siempre llega el día en que brota porque no somos de piedra y todavía quedan sentimientos y más en ti que eres tan bien ser humano, Nelson.
    Un abrazo mio y de mau.

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