Déjà vu

Deja-vu. Agata Buczek
Déja vu. Agata Buczek

En ocasiones tenemos la impresión de reconocer lo nuevo, de haberlo vivido y por algunos segundos quedamos varados en la magia de lo intemporal, lo incierto, en la belleza sutil y seductora de lo inexplicable.

Como el soñar despiertos pero con el plus de lo inesperado, nos arranca una pequeña sonrisa, incrédula pero alegre, energizante. Así, en no pocas mañanas, él experimentaba la vida y continuaba por varias cuadras garrapateando en los registros de su memoria la esquiva confirmación.

Estuve allí, ya lo viví, ¿será verdad que existen otros planos?, ¿que nuestra energía…?, uff! sabrá dios, sentenciaba, y continuaba su rutina esperando por algún que otro alegrón de estas “premoniciones”. Andaba día a día, sin saber si adelante o hacia atrás, avanzaba, hacia el necesario cumplimiento de sus rutinas productivas.

Comencé a enamorarme de esos momentos, explicaba, buscaba en ellos un poco de sentido o de sinsentido, para soportar todo lo nuevo con que sueño, que posiblemente solo pueda soñar. Era como su vicio y, como buen adicto, fue aumentando la dosis a más de unos segundos, más allá de la  pequeña esquina.

Comenzó a despertar con la impresión de haber estado allí, reía con la duda de haberse alegrado, respiraba con la perplejidad de aún estarlo haciendo y continuaba hacia su diarismo con la sensación de la repetición. Dónde estarás, ese sin temor a dejarse querer, a vivir, soñar.

Coño!, que te veía ahí y me preguntaba de dónde sacabas las fuerzas, me dabas las energías que me faltaban. Y ahora, cómo te sirvo yo, de qué manera te anclo a este terruño para ayudarte, para que me ayudes. Cómo se puede ceder tanto, cómo convencerse de a poco que no merecemos, que no alcanzaremos, que no podemos amar.

Se perdió a sí mismo mi amigo y junto con él un trozo de mí. Imprevisto momento de entre tantos que buscó, ahí asechaba oculto entre las dudas, los temores y las cohibiciones, allí donde creyó que dedicarse unos segundos sería ingrato, donde postergó el ahora y retomó el después. En ese impensable instante fue herido por el punzante vacío de la desesperanza.

Cómo es posible el egoísmo de auto omitirnos, de no equivocarnos y seguir intentando, porqué decir que es muy difícil, suplicar que no nos entiendan, quién nos da la potestad de ausentarnos de la vida de otros, de prohibir que nos amen, qué significado tendrás, qué tesoros acumularás al fin de este viaje finito si te condenas a ser solo un déjà vu.

 

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